Filósofos – La Ética Objetivista, Egoísmo Racional

Interesante autora, cuyos escritos dan pie a numerosos debates. Personalmente, la descubrí hace poco y la mayoría de sus puntos de vista me son afines.

ayn-randLa conservación de la vida y la búsqueda de la felicidad no son dos cuestiones separadas. Considerar a la propia vida como el valor supremo y a la propia felicidad como el propósito personal más elevado son dos aspectos de la misma realización.

Desde el punto de vista existencial, la actividad de perseguir metas racionales es la actividad de mantener la propia vida; psicológicamente, su resultado, su recompensa y su concomitancia es un estado emocional de felicidad. Es experimentando felicidad como se vive plenamente, cada hora, cada año o la totalidad de la vida. Y cuando se experimenta ese tipo de felicidad pura que es un fin en sí misma, esa forma de felicidad que nos hace pensar “por esto vale la pena vivir”, lo que se está reconociendo y afirmando en términos emocionales es el hecho metafísico de que la vida es un fin en sí misma.

Pero la relación de causa-efecto no puede revertirse. Sólo cuando el hombre acepta su propia vida como su principio fundamental y procura los valores racionales que ésta requiere, puede alcanzar la felicidad, y no tomando la “felicidad” como un principio indefinido e irreducible, e intentando luego vivir de acuerdo con esa guía. Si se logra aquello que es bueno conforme a una pauta de valoración racional, necesariamente se logrará ser feliz; pero aquello que a uno le procura felicidad a través de una indefinida pauta emocional no es necesariamente lo bueno. Aceptar “cualquier cosa que a uno lo haga feliz” como guía de nuestras acciones significa dejarnos conducir sólo por nuestros caprichos emocionales. Las emociones no son herramientas de conocimiento; ser guiado por caprichos, por deseos cuyo origen, naturaleza y sentido no conocemos, equivale a convertirse en un robot ciego, operado por demonios desconocidos (los vanos intentos de evasión personal), un robot que estrella su cerebro anquilosado contra las paredes de la realidad que rehusa ver. Ésta es la falacia inherente al hedonismo, a toda variante de hedonismo, ético, personal o social, individual o colectivo. La “felicidad” puede ser, propiamente, el propósito de la ética pero no su pauta. La misión de la ética es definir el código correcto de los valores del hombre para darle, así, los medios para alcanzar su felicidad. Declarar, como lo hacen los éticos hedonistas, que “el valor correcto es cualquiera que nos da placer” equivale a decir que “el valor correcto es cualquiera que se nos ocurra valorar”; éste es un acto de abdicación intelectual y filosófica, un acto que meramente proclama que la ética carece de sentido, y que invita a todos los hombres a proceder al azar. Los filósofos que intentaron diseñar un código supuestamente racional de ética dieron a la humanidad nada más que una elección entre caprichos: la prosecución “egoísta” de los caprichos propios (tal como lo muestra la ética de Nietzsche), o el servicio “desinteresado” a los caprichos de los demás (como lo indican las éticas de Bentham, Mill, Comte y otros hedonistas sociales, sea que permitieran al individuo incluir sus propios caprichos junto a los de millones de personas o le aconsejaran convertirse en un ente vacío totalmente desinteresado, dispuesto a ser devorado por los demás).

Cuando un “deseo”, sea cual fuere su naturaleza o su causa, se toma como un principio ético, y la gratificación de todos y cada uno de los deseos, como una meta ética (tal como “la mayor felicidad para la mayor cantidad”), los hombres no tienen más elección que odiar, temer y luchar los unos contra los otros, ya que sus deseos y sus intereses necesariamente chocarán. Si él “deseo” se elige como pauta ética, tendrán igual validez ética el deseo de un hombre de producir y el de otro de robarle, el deseo de un hombre de ser libre y el de otro de esclavizarlo, el deseo de un hombre de ser amado y admirado por sus virtudes y el deseo de otro de amor y admiración inmerecidos. Y si la frustración de cualquier deseo constituye un sacrificio, entonces el hombre que posee un automóvil que le es robado está siendo sacrificado, pero lo mismo ocurrirá con aquel que desea o “aspira a tener” un automóvil que el dueño se niega a darle, y estos dos “sacrificios” tendrán igual nivel ético. Si esto es así, la única elección posible para el ser humano es robar o ser robado, destruir o ser destruido, sacrificar a otros a sus deseos o sacrificarse a los deseos de los demás; entonces, la única alternativa ética es ser un sádico o un masoquista.

El canibalismo moral de todas las doctrinas hedonistas y altruistas reside en la premisa de que la felicidad de un hombre necesariamente requiere que otro sea perjudicado. Hoy en día la mayoría de la gente sostiene esta premisa como un absoluto que no habrá de cuestionarse. Y cuando se habla del derecho de un hombre de existir por su propio beneficio, por su propio interés racional, la mayoría de la gente asume automáticamente que esto significa que tiene derecho a sacrificar a los demás. Tal suposición es una confesión de su propia creencia de que el interés personal del ser humano es perjudicar, esclavizar, robar o asesinar a otros, y que él debe renunciar a hacerlo en forma desinteresada. La idea de que el interés personal del hombre sólo puede satisfacerse a través de una relación sin sacrificios con los demás nunca se les ocurrió a estos humanitarios apóstoles del desinterés, que proclaman continuamente su deseo de lograr la hermandad entre los hombres. Y no se les ocurrirá, ni a ellos ni a nadie, mientras se omita anteponer el concepto de “racional” al contexto de “valores”, “deseos”, “interés personal” y “ética”. La ética objetivista defiende y apoya orgullosamente el egoísmo racional, a saber: los valores requeridos para la supervivencia del hombre como hombre, o sea, los valores necesarios para la supervivencía humana, no aquellos originados sólo por los deseos, las emociones, las aspiraciones, los sentimientos, los caprichos o las necesidades de brutos irracionales que jamás lograron superar la práctica primitiva de los sacrificios humanos, que nunca descubrieron una sociedad industrial y que no conciben otro interés personal que el de arrebatar el botín del momento. La ética objetivista sostiene que el bien humano no requiere sacrificios humanos, y no puede lograrse inmolando a unos en beneficio de otros. Sostiene que los intereses racionales de los hombres no chocan, que no hay conflicto de intereses entre hombres que no desean lo que no han ganado, que no hacen sacrificios ni los aceptan, y que tratan entre sí como comerciantes, entregando un valor por cada valor recibido.

El principio de intercambio comercial es el único principio ético racional para todas las relaciones humanas, personales y sociales, privadas y públicas, espirituales y materiales. Es el principio de justicia. Un comerciante es un hombre que gana lo que obtiene, y no da ni toma lo inmerecido. No considera a los demás como a amos o esclavos, sino como a sus iguales independientes. Trata con ellos por medio de un intercambio libre, voluntario, no forzado ni compulsivo, un intercambio que beneficia a ambas partes de acuerdo con su propio juicio independiente. Un comerciante no espera que se le pague por sus pérdidas, sino únicamente por sus logros. No transfiere a otros la carga de sus fracasos y no hipoteca su vida en la esclavitud por los fracasos de los demás.

En las cuestiones espirituales (y con la palabra “espiritual” me refiero a “aquello que pertenece a la conciencia del hombre”), la moneda o el medio de intercambio es diferente, pero el principio es el mismo. Amor, amistad, respeto, admiración, son la respuesta emocional de un hombre por las virtudes de otro, el pago espiritual entregado a cambio del placer personal, egoísta, que un ser humano obtiene por las virtudes de carácter de otro hombre. Únicamente un bruto o un altruista podría sostener que la apreciación de las virtudes de otra persona es un acto desinteresado, que en lo que concierne al interés y al placer personal no hay diferencia si uno trata con un genio o con un tonto, o si uno se encuentra con un héroe o con un malhechor, o si uno se casa con la mujer ideal o con una ramera. En las cuestiones espirituales el comerciante es un hombre que no busca que se lo quiera por sus flaquezas o sus defectos, sino sólo por sus virtudes, y no brinda su aprecio a las flaquezas o defectos de los demás, sino sólo a sus virtudes.

Amar es valorar. Sólo un hombre racionalmente egoísta, que posee autoestima, es capaz de amar, porque es el único que puede mantener valores firmes, consistentes, sin comprometerlos ni traicionarlos. El hombre que no se valora a sí mismo no puede valorar a nada o a nadie. Sólo sobre la base del principio del egoísmo racional, sobre la base de la justicia, pueden los hombres estar preparados para convivir en una sociedad racional, libre, pacífica, próspera y benévola.

  • Ayn Rand-  La Virtud Del Egoísmo
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